Herederos de una “Petit” Misión

Tia Petita

Después de algunos desencuentros en Iquique, creímos que Chile nos dejaba ir sin presentarnos otro testimonio de vida, pero Arica, la puerta de salida norteña hacia Perú, nos sorprendió con un rinconcito de generosidad y fe inmensurables. De nuevo las causalidades de la vida nos llevaron de la mano. Todo empezó con una pareja de antropólogos iquiqueños que se acercó a charlar con alegría porque tenían una kombi parienta de nuestra Gardenia, y de paso nos dieron el dato de un buen mecánico en la próxima ciudad, Arica. Lo anotamos, aunque sin intenciones de usarlo. No sabíamos que algunos toques que habíamos hecho con otro amigo argentino habían dejado a Gardenia fuera de su punto, haciéndose notar en pleno desierto con una sed de nafta insaciable. Ansiábamos llegar a Arica para conocer al especialista, Eduardo, quien al contarle de nuestro proyecto, se sonrió y nos nombró inmediatamente al Comedor San Alberto Hurtado, o más conocido en el barrio como “Tía Petita”.

Nos encontramos con la primera heredera y fiel seguidora de los pasos de Petita, Verónica, una de sus hijas, quien con mucho gusto nos contó la historia de su madre y el Comedor. Una historia de generosidad sin límites, una Mujer con Mayúscula, sencilla y humilde, que teniendo 6 hijos y criando un séptimo, era una máquina de trabajar al servicio de los demás. Su gran fe movía montañas, y más de una vez, cuentan que, estando las cocineras preocupadas por no tener comida, Petita decía: “Enciendan los fondos (ollas), que algo va a llegar”, y así sucedía, las donaciones llegaban en el momento justo, cuando el agua ya estaba lista para recibir ese arroz, fideos o porotos.

Todo Arica conoce el Comedor, funciona desde el año 1978, cuando Petita tenía cerca de 50 años y varios niños se acercaron a pedirle una taza de té y pan, y al día siguiente más y más, y ella reflexionó: “Si Dios me dio esta casa, la única que he tenido en mi vida, que sirva para algo, y qué mejor que ayudar a los niños que están sin comida.” Así arrancó esta santita, con su humilde casa, abriendo sus puertas para que tantos pudieran comer. Se levantaba a las 5 de la mañana para preparar comida, remojar porotos o amasar pan. Al poco tiempo tenía más de 100 chicos en cada comida. A ellos se fueron sumando sus madres, padres o abuelos. Muchas madres que hoy son parte indispensable de este Comedor, como Norma, Juana o Erica, empezaron dejando guaguas (bebés) en sus casas para ir a ayudar retribuyendo un poco la ayuda de Petita hacia sus otros hijos. Entre los varones, Pato es quien organiza y se encarga de los hombres, seguridad, rejas y trabajos pesados.

La tía Petita, ‘petit’ de tamaño pero gigante de corazón, se dedicó a alimentar y servir a su comunidad, acercándolos a Dios y a los sacramentos e incentivando a los jóvenes a estudiar, siempre a través del Amor. Recalcaba que era importante alimentar el cuerpo, pero también después el alma, y así lo cumplió siempre. Nunca quedaba alguien sin su plato de comida, aunque llegaran tarde. Norma, que trabajó con ella durante 29 años, recuerda que una vez, llegaron 2 personas cuando ya no quedaba nada, y no sabían qué hacer. Igualmente Petita mandaba que les sirvieran, e increíblemente salieron con los platos llenos. Nunca dudó de la generosidad de Dios y sus pequeños milagros; Verónica recuerda en otra oportunidad que había demasiados comensales y poca comida. De a poco sobre la hora llegaron donaciones de choclos que hicieron más abundante el arroz con pollo, pero todavía faltaba mucho. Sin explicación, pudo ver como el arroz tomaba más y más volumen mientras lo revolvía, lograron alimentar a todos y hasta sobró! Y anécdotas como esas tienen miles, juguetes de niña que llegan justo antes de navidad cuando sólo había de varones, o caramelos que se multiplican al armar bolsitas de Navidad.

Sólo ver fotos de Petita, nos recuerda a alguien, y sus hijas y nietos nos soplan: “Parece la hermanita menor de la Madre Teresa, verdad?” Y realmente es así. Creímos que le decían Petita por ‘petit’, pero en realidad viene de Petronila, su verdadero nombre. Su pelo blanco, su trenza larga e impecablemente hecha rodete que me recuerda a mi propia abuela. Cuentan que era muy devota de la Virgen de Lourdes, y que no dejaba ni a sol ni a sombra su Rosario, y lo comprobamos en sus frutos. Todas las mañanas cerca de las 8.30 se reúne un grupo de hombres antes de recibir el desayuno, y rezan el Santo Rosario, como Petita les enseñó. Lo mejor de todo es que este mismo grupo a las 12.30 reza otro Rosario, de lunes a sábado frente al Comedor. Y entre medio de las actividades y las comidas llegan autos, entre ellos Carlos, que se baja rápido y alegremente descarga verduras que trae del mercado; lleva y trae un refrigerador que les donaron, y así aporta su granito de arena diario. Otros traen de sus panaderías o mercados bolsas de verduras, frutas, panes o pilas de maples de huevos que no se pueden vender para donarlos. Ese fue el desayuno del día siguiente, pan con huevos revueltos y un tazón grande de té. Cada uno busca su bandejita en fila, los hombres se ubican afuera, y las mujeres y niños adentro. Eran más de 60, todos agradecen, y saludan al irse: “Gracias, Tía Verito!”. Incluso desde antes del desayuno se estaban remojando y cociendo los porotos para el mediodía, la especialidad de la casa que nos tocó degustar, (porque “nadie se va sin comida”), con verduritas y fideos; un verdadero manjar, que hace posible que tantas familias se mantengan bien alimentadas, ya que a la noche con un poco de pan y una taza de té es suficiente.

Además de la comida y el apoyo a la comunidad, entre las donaciones llega mucha ropa y juguetes, que no se reparten sino que cada uno elige lo que necesita. En Navidad cada niño se va del Comedor con un regalo elegido y otro que le viene envuelto en papel, de sorpresa, entregado por el ‘Viejo Pascuero’ (Papá Noel). Con la ropa hacen algo parecido, donde van mostrando lo que hay y quien lo necesita lo pide. Cambian una gran bolsa de ropa de adultos por algunas monedas a voluntad, que son las que se usan para la verdura. En el comedor de hombres quedan calzados para que ellos mismos elijan.

Haber mamado ese ambiente de generosidad durante 33 años, compartido su casa con el Comedor, desayunado y almorzado con tantos niños, adultos y ancianos del barrio; hizo que los hijos y nietos de Petita lo sientan parte infaltable de sus vidas, donde cada uno encuentra su lugar para ayudar. La Tía estuvo muy frágil de salud sus últimos 3 años, en los cuales sus hijos fueron organizándose y preparándose para su partida. Entre ellos, Verónica es quien está a cargo del Comedor y la Capilla, maneja comidas, donaciones, compras y hasta el último florero del altar; Nani asiste a su hermana y da Catequesis; sus hijos, Paloma y Lorenzo organizan actividades para los grupos de jóvenes; David, el hermano menor, es quien lleva alegría con sus canciones a las Misas en la Capilla; otra hermana de los 6, que vive en Iquique, escribe un libro sobre Petita, y así cada uno tiene su rol, en esta gran herencia que les dejó su madre a través de tantos años de servicio. Verónica y David siguen viviendo en su casa de toda la vida, “mitad-Comedor”. Nani vive a 2 casas de distancia, y en frente tienen la Capilla que logró construir Petita a base de rifas y bingos antes de irse. Todo esto es un pequeño oasis, con arbustos y flores plantados por ella misma en los bordes de una ciudad que lucha contra desiertos, inmensos tanques de petróleo y desechos tóxicos enterrados que siguen causando graves enfermedades.

La Tía Petita está presente en todo y en todos, se la extraña mucho a 10 meses de su partida, pero fue tal su fe y su generosidad, que transformó a una comunidad entera. La herencia que dejó se siente viva, son muchos los beneficiados que tienen que poner el hombro para seguir su obra. Su carisma podrá ser irremplazable, pero las bases están cimentadas y la comunidad se mueve y sigue adelante gracias a ella. Logró llegar con su abrazo a los más chiquitos y a los más ancianos, y ese abrazo hoy los mantiene unidos y perseverantes.

La gran familia de Petita tiene una misión muy importante que cumplir, que llevan incorporada y sellada en lo profundo desde los nietos más chicos hasta los hijos mismos. Pero no están solos, son muchos: cocineras, ayudantes, donantes, amigos, comensales, ex-comensales, sacerdotes y vecinos. Todos ellos tienen la misión de continuar con la obra de la Tía Petita y alimentar a muchas bocas, pero por sobre todo, a muchos corazones. Lo poco que tenía lo daba, compartiendo su propia casa con toda su comunidad; comprometiéndose con las necesidades de los que la rodeaban. Un ejemplo que modificó las vidas de su familia y vecinos. Una pequeña valiente que con mucha fe y pocos bienes materiales fue abriéndose camino, siempre hacia el mismo lado, para Arriba!

Verito y NormaDesayuno

 

 

 

Capilla San A. Hurtado y ComedorVerito, familia y vecinos

 

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6 pensamientos en “Herederos de una “Petit” Misión

  1. Pingback: Recalculando… | COMPARTIENDO AMERICA

  2. hola chicoss!!! soy luchi, nos conocimos en purmamarca (luchi y oso,de salta, se acuerdan?)q alegria q siguen con su proyecto!! Me llena el alma tantas obras d bien sin pedir nada a cambio!! fue un placer conocerlos, y conocer su proyecto. los felicito!!!
    tarde un poco en conectarm a la pag, es q estuvimos viajando tmb par otros rumbos!
    un abrazo grandee
    GRACIAS POR LA BUENA ENERGIA!!!!

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